RONALD ACUÑA JR. TODAVÍA SE DIVIERTE COMO UN NIÑO

Ronald Acuña Jr. no le teme, prácticamente, a nada. Vive la vida con la misma tranquilidad con la que creció en las calles de La Sabana, junto al mar, en el estado Vargas. Lo hace, además, entre la alegría de hacer lo que le gusta y el disfrutar de la atención que le genera ser uno de los peloteros más impactantes de las Grandes Ligas.

Encaminado a ser el primer 30-30 venezolano después de Bob Abreu (tiene, al momento de escribir esta nota, 32 cuadrangulares y 26 bases robadas), el varguense de apenas 21 años de edad, asume los logros de su incipiente carrera, sin ponerse en un pedestal. Una vez vence la barrera de la timidez, se muestra humilde y tranquilo, demasiado, quizás, para quién se encamina a ser una estrella del juego.

“Es que a mi no me afecta la presión. Gracias a Dios, yo no creo en eso. Y no es para echármela, pero es que eso a mi no me pega. Yo solo salgo a hacer lo que me gusta», aseguró Acuña, después de montar un espectáculo en la práctica de bateo que hizo en el Marlins Park de Miami, en la visita de los Bravos a los peces este fin de semana. Cada swing era un show. Y todo el estadio estaba paralizado observando al venezolano.

“Yo siempre he ido a mí, pero nunca pensé que mi segundo año fuera tan bueno. Para mi esto es un juego de niños. El beisbol es un juego de niños. Me encanta jugarlo, y si me siento bien y cómodo, bateo donde sea. Como si todavía estuviera en el estadio de La Sabana», resaltó.

Desde la tribuna, un jovencito sostenía junto a su padre, una pancarta que decía “Señor Acuña ¿Me puede dar un autógrafo?” y miraba de lejos, maravillado, la exhibición del sabanero.

Mientras el toletero, concentrado, recibía consejos de Martín Prado al salir de la caja de bateo y seguía con su espectáculo. Dos jonrones más a la banda derecha, otro kilométrico por el center field, uno más a la izquierda. Una regadera, y todo para las gradas.

La idea del 30-30, cada vez más real, no obsesiona a Acuña, pero ya se palpita como meta cercana. Y todavía, con mirada infantil, lo lleva más allá.

Pablo A. García Escorihuela | Prensa LVBP

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